Nos complace presentar este relato que, el Dr. Joseph Vorro, nuestro más distinguido cliente, escribió para la revista Safari del S. C. I. en el año 2000.

Joseph Vorro, es un destacado escritor y profesor de la Universidad Estatal de Michigan, quien ha visitado Rancho El Carbón año tras año, desde nuestro inicio en 1995, consiguiendo, casi siempre un buen venado bura además de varios cola blanca, solo en una ocasión regreso a casa con las manos vacías.

Le damos las gracias por habernos honrado tantas veces con su presencia, pero sobretodo por su amistad.

Atentamente.
Germán Rivas de la Torre


Todavía falta una hora para el amanecer cuando salimos del campamento en Rancho El Carbón. La belleza de esta hora en el desierto de Sonora en México es extraordinaria. Millones de estrellas brillan en el cielo, compensando por lo pequeña que parece la luna. Un frío ligero satura el aire y un aroma llena mi cabeza. El desierto siempre tiene un olor tan fresco por la mañana -el perfume de la expectativa, creo. También me siento ansioso. Confiado y listo para cazar al bura, preguntándome lo que en realidad guarda el destino para mí. Las cacerías previas en Sonora habían confirmado el sentimiento especial que tengo sobre el venado bura del desierto. Para mí, ningún otro trofeo de América del Norte es tan difícil ni constituye tal reto para la cacería. Además, es maravilloso alejarse del helado y gris enero en Michigan para cazar en el trópico, ya que sufro de una enfermedad llamada "heliofilia" -un deseo obsesivo por la luz del sol.

Ésta no era la única atracción. La ventaja adicional era la belleza y tranquilidad singulares del desierto. Ya conocía la amable naturaleza de los mexicanos, así que estos factores se sumaron para integrar otra perfecta aventura en Sonora.

El dueño de Rancho El Carbón, el señor Germán Rivas, ya había discutido el plan de caza para el día con mi guía. Había pasado muchas noches agradables leyendo libros y revistas, estudiando mapas y preparando mi equipo para esta cacería. Las lecturas me encaminaron en un interesante recorrido, repasando las lecciones escolares sobre la historia en México que hacía tiempo habían escapado de mi memoria. Encontré mucha información que me ayudó a comprender los recursos de cacería y el medio ambiente relacionado con esta en Sonora.

Estábamos acomodados sobre un alto asiento en la parte trasera de un viejo camión Chevy, recorriendo un camino de grava hacia la zona donde cazaríamos ese día dentro de los 15,000 acres de El Carbón. Después de cerca de una hora de viaje, mi guía, Adán Celaya y yo, localizamos buras a lo lejos -siete hembras y animales jóvenes. Adán jaló el "teléfono", la cuerda que lo conectaba con el conductor, para que detuviera el camión. En ese instante, también escuchamos unos "gruñidos" que provenían del otro lado de la colina, justo detrás de los venados. ¿Podía ser el macho trofeo que buscaba? Se había iniciado el celo y era seguro que el harén de venadas tendría por chaperón al "muy grande", así que hicimos un plan donde yo debía trepar al monte que dominaba el área. Adán caminaría rodeándolos en un gran círculo con la esperanza de hacer que el macho saliera a descubierto.

Me instalé en el monte, disfrutando la suave y fresca brisa sobre mi cara. Los venados estaban de un lado, separados por varios cientos de yardas, comiendo con calma y sin advertir nuestra presencia. En la dirección opuesta Adán buscaba con cuidado su camino en el difícil paisaje de cactos y arbustos espinosos, Recuerdo haber pensado: "Oh, esto será sensacional. Estoy en la posición perfecta y con un buen apoyo para el rifle". Mi imaginación se encargó del resto. Por desgracia, igual que muchos de mis planes de cacería, éste fue bueno durante cerca de 30 minutos de calma. Luego, comencé a tener dudas. Adán aparecía en forma intermitente entre los hostiles cactos -cholla, saguaro y ocotillo. De repente, comenzó a lanzar piedras, y aunque estaba lejos, el sonido era fuerte. Preparé mi .270, esperando que el bura surgiera como una explosión de entre su espinoso escondite. En lugar de ello, Adán fue el único que salió a un claro, moviendo los brazos como para decir: "Cálmese señor, ya todo pasó por ahora".

Adán y yo volvimos juntos a donde estaba el camión y me dijo que los gruñidos provenían de una manada de jabalís. Lanzó las piedras por pura frustración. Adán le dijo al conductor que se reuniera con nosotros en un punto bastante alejado, y nos marchamos en dirección de las hembras.

La caminata fue fácil, pero el suelo del desierto se calentó con rapidez bajo el calcinante sol. Me impresionó el desusado paisaje. Desde luego no era como en casa. Me extrañaba lo verde y exuberante que era para un lugar que recibe tan poca lluvia cada año.

Esta mañana, el terreno que cubrimos nos llevó a Adán y a mí a recorrer una cadena de colinas. A veces seguíamos huellas de animales en los valles, y otras trepábamos a las colinas para tener una mejor vista, siempre sobre los puntos más altos, buscando la forma grisácea del bura sobre el suelo del desierto. Los venados bura trofeo son difíciles de encontrar, y estoy seguro de que incluso bajo las mejores y más fértiles condiciones, estos animales nunca se han encontrado en grandes cantidades -lo cual significa que las probabilidades de cazar con éxito uno de estos animales son muy bajas. Otros factores críticos incluyen la gran vastedad del desierto sonorense, y el hecho de que se ha informado que los bura pueden moverse dentro de un rango de 25 millas cuadradas, lo cual está determinado en buena parte por la calidad del hábitat. Esto hace que el cazador de bura en México se pregunte si alguna vez tendrá éxito, en especial dado que la precipitación anual del terreno oscila entre cero y tres pulgadas, y hay muchos leones de montaña, coyotes y otros depredadores que compiten por los venados.

Caminamos hasta el medio día, encontrando otros dos pequeños grupos de venados, pero sin ningún macho interesante. La cacería matutina terminó cuando llegamos al camión. Nayo, el conductor, encontró un lugar perfecto para el almuerzo, sombreado y protegido del viento de medio día. Los tres disfrutamos la comida. Luego, Nayo y yo decidimos tomar una siesta, pero Adán prefirió buscar venados desde lo alto de la montaña.

Nuestra siesta no duró mucho porque Adán regresó pronto con una gran sonrisa en la cara. Había localizado a un buen macho durmiendo bajo un árbol. Tomé con rapidez mi rifle y lo seguí montaña arriba. Nos colocamos en posición y Adán señaló hacia donde había visto al venado. Utilice mis binoculares, y sólo encontré una masa de cactos y arbustos. Adán, con paciencia, me dio las indicaciones en español, señalando hacia una cholla, un saguaro y un paloverde particulares para que encontrara al macho. Busqué y busqué, y luego me fijé más, pero no pude encontrar al venado. Me sentía como un maldito tonto.

Tenía que encontrar al venado de alguna manera. Le dije a Adán que lo mejor era bajar con cuidado de la montaña y, con el viento a nuestro favor, dirigirnos hacia el animal. Me pareció que el acecho duraba una eternidad, y me preocupaba lo ruidoso que podía ser el suelo del desierto. Adán miraba hacia nuestro punto de partida para tener una referencia. Por fin, susurró que estábamos cerca. Preparé el rifle mientras avanzábamos. Un momento después vi una mancha con el rabillo del ojo. El macho debe haber oído cuando nos acercábamos y esto lo hizo saltar desde su cama para escapar a toda velocidad. Con grandes saltos, se lanzó en huida, poniendo al instante una gran distancia entre nosotros, sin detenerse nunca a mirar atrás.

Aunque no pudo haber estado a más de 30 yardas de nosotros cuando escapó, nunca tuve oportunidad de disparar sobre lo que sólo era un rayo gris que atravesaba entre cactos y espinos.

Buscamos y encontramos la cama del venado con las huellas frescas que lo pusieron a salvo. Cuando miré hacia atrás, hacia el lugar del que habíamos partido en la montaña, juré que estaba a más de 500 yardas de distancia. No obstante, tengo que admitir que todavía me sentía apenado por todo el fiasco. Caminamos de regreso al camión y, después de un breve descanso, comenzamos de nuevo. Nayo se adelantó con el vehículo mientras Adán y yo cazábamos a pie.

Ésta es mi tercera cacería en Rancho El Carbón, y Adán siempre ha sido mi guía. No cabe duda de que nos hemos hecho buenos amigos, y por lo general trabajamos bien juntos.

Se ha desarrollado la colaboración de ganaderos/propietarios, ANGADI, y el gobierno mexicano. Los reglamentos exigen ahora que los propietarios de tierras obtengan una supervisión de la fauna cinegética, realizada por un biólogo certificado especialista en animales de caza, antes de que se les otorguen permisos para la cacería de venados bura en sus propiedades. El resultado es que los animales de caza ahora tienen valor, lo cual explica la expansión de las oportunidades de cacería de calidad. Muchos ganaderos mexicanos también se están convirtiendo en los nuevos outfitters.

En su momento, y con buenos procedimientos de manejo, estos outfitters podrán revertir los efectos negativos de la caza indiscriminada de estos animales, con el fin de mejorar aún más las posibilidades de la cacería en Sonora.

Mi primer día de caza todavía no terminaba del todo. Trabajamos toda la tarde las montañas, colinas y valles, pero no sucedió nada. Incluso las piezas pequeñas estaban ausentes en forma conspicua -sin duda descansando y evitando el calor.

Adán y yo llegamos a la cresta de la que sería nuestra última cordillera en el día. Se encontraba a mi izquierda y fijaba su atención de ese lado. Yo barría el área que se extendía frente a mí cuando, de repente, mis ojos detectaron un ligero movimiento. El instinto me hizo arrodillarme sobre una de mis rodillas y Adán me siguió. De nuevo, vi un pequeño movimiento -el cual se convirtió al fin en colas y orejas de venado que se agitaban de vez en vez. Lo tupido de la vegetación hacía difícil observar mucho detalle, pero estaba seguro de que podía ver por lo menos ocho, quizá diez venados, a cerca de 100 yardas de distancia.

No tenían la más remota idea de que estábamos ahí. El grupo -con uno que otro astado entre ellos- se movía despacio y en silencio sobre un camino que los llevaría al lado más lejano de la colina. De pronto, algo hizo a los animales mirar hacia atrás por encima de sus lomos.

Por fin, distinguí una forma enorme y una masa de astas detrás de un espino. Fije el telescopio del rifle sobre el macho, pero estaba rodeado de hembras. Una rápida mirada me indicó que su camino los llevaría a través de algunos claros entre los arbustos. Logré darle un buen vistazo al macho, y era magnífico.

Esperando hasta que se mostrara, apunté y apreté el gatillo. Con el estallido del tiro, las patas del macho se doblaron y desapareció. Le dije a Adán que pensaba que el disparo era bueno, y éste corrió en dirección del venado. Lo seguí, pero un poco más despacio, con el rifle listo en caso de que fuera necesario un segundo tiro. Cuando llegué al venado éste había muerto; la bala había entrado por el codillo derecho y realizado su labor. No podía haberse movido sino algunos pies antes de morir.

El viejo macho era hermoso, con un enorme y saludable cuerpo. Sus astas brillaban con suavidad bajo la luz restante de la puesta de sol. Era una gran corona, adecuada para tal monarca. Cinco puntas de cada lado, con una gran masa y bases de cinco pulgadas -en verdad un trofeo. No cabía duda de que la Diosa de la Cacería me había sonreído, dándome gran emoción y placer.

No estoy acostumbrado a tener tanta suerte como la que tuve, en especial en el primer día de la cacería. Mi sorpresa fue todavía mayor cuando mi buena suerte continuó. Germán establece con claridad que los venados bura son el principal trofeo en su rancho, una vez que se tiene éxito, uno es libre de cazar un venado Coues. Tres días después, cacé un impresionante Coues de cinco por cuatro, con pesadas astas principales de 18x17 pulgadas respectivamente.

Mientras salía del rancho, su aroma único volvió a llenar mi cabeza -el perfume del desierto de Sonora, natural, salvaje, libre. Me dirigí hacia mi hogar, una mejor persona después de la experiencia, pero ansioso por regresar.

Safari, The Journal of Big Game Hunting
(Official Publication of Safari Club International)
May/June 2000
(Page 48-49 & 106-107).

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